El Centro de Santiago
- Jose Luis Molina
- 13 sept 2010
- 2 Min. de lectura
Lunes 13 de septiembre.
Siempre me pareció encantador el acento de los chilenos. Es musical, es como una caricia para los oídos. Pero yo les entiendo la mitad de lo que hablan. Afortunadamente me acompaña Patricia, que me sirve de traductora.
Hoy hicimos un recorrido maravilloso por el centro de Santiago un lugar muy agradable de caminar, si bien estaba lleno de gente. Visitamos la Biblioteca Nacional y otros edificios representativos, como la bolsa de comercio y el Banco de Chile.
En cuanto a la arquitectura, me impresionó el trabajo de hierro en los techos del mercado y en la estructura de la Estación Mapocho, antigua estación central de trenes, hoy convertida en centro cultural.
El Palacio de La Moneda, en donde está la sede presidencial, es sorprendentemente sencillo en su diseño.
Y es increíble que aun hoy, a cada paso que damos, aparecen en nuestro camino, recuerdos, historias y marcas que dejó el tiempo de la dictadura militar. La calle Morandé, por donde sacaron muerto al presidente Allende, y los impactos de bala del ataque a "La Moneda", que aun se pueden ver en los edificios de enfrente, sobre "Alameda".
Al llegar la hora del almuerzo, la cual siempre espero con ansias, como si fuera un pequeño, vamos hasta el Mercado Central, en donde nos recibe Don Luis uno de los empleados de los restaurantes del Mercado, quien, de una forma muy hábil nos engancha en la conversación con su embelezador acento y nos "enreda" para que nos quedemos en su restaurante.
La verdad comí de una forma exagerada. Una entrada de pulpo en una especie de guiso con cebolla y pimentón, delicioso. Y una "paila marina especial", que es una sopa con camarón, choros (mejillones), pescado y toda clase de mariscos. También delicioso. Todo esto, incluyendo bebidas y propina por 15.000 pesos chilenos (30 dólares), resulta económico.
La gran cordillera de los andes me impresiona cada vez que la veo. Es la primera vez que veo un cerro nevado tan grande, tan de cerca y por tantos días. Si viviera en Santiago, no me cansaría de mirarlo y querría que siempre amaneciera despejado para poder ver sus picos nevados. Observo a los santiaguinos caminar desprevenidos con la mirada al frente o hacia abajo y me pregunto: ¿Por qué diablos no miran hacia arriba? ... ¿Hacia esa maravillosa cordillera que los cuida y los observa desde siempre?
Es claro que llega un momento en que te acostumbras, y deja de sorprenderte. Creo que eso no me pasaría a mi. La montaña es verdaderamente sobrecogedora.
Cada cultura es marcada por su historia, por su geografía, por su clima. Pero en este recorrido, si algo he aprendido, es que los países y gentes de nuestra américa, no somos diferentes. Compartimos ciertos rasgos, ciertas historias y sobre todo, tenemos las mismas necesidades de más justicia, mas libertad, más igualdad.
En el fondo no somos tan diferentes. En toda américa nuestras culturas han sufrido rechazos y discriminaciones, y sin embargo nos hemos vuelto a poner de pie y seguimos luchando por ser felices. Hoy me he sentido en profunda conexión con mis hermanos Chilenos.
En la próxima entrada escribiré un poco más sobre la historia reciente de chile y sobre un personaje chileno maravilloso: Pablo Neruda.



















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