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San Carlos de Bariloche

  • Foto del escritor: Jose Luis Molina
    Jose Luis Molina
  • 23 sept 2010
  • 5 Min. de lectura

El 21 de septiembre -casi a las diez de la noche-, después de aguantarme las doce horas del "Cruce de Lagos" y de tener que trepar con todo el peso de mi equipaje por la empinada calle Salta -porque el autobús no la podía subir-, por fin llego a mi hostal: Marcopolo Inn Bariloche. Como ya dije, en la calle Salta, número 422. Lo mejor de todo fue que aun a esa hora clasificaba para la "cena gratis" que tanto anuncian en este hostal. Un plato de comida caliente que con el cansancio y con el hambre que traía, me devoré en un instante. Ni siquiera me importó la política: "cene gratis pero lave su plato". Gustoso lavé el plato y me senté a subir las fotos del día. El bar del hostal es acogedor y acompañé mi cena y la videollamada de mis padres con un par de cervezas que sabían a gloria. Esas no eran gratis: $3 dólares cada una. Estaba tan cansado que dormí como una piedra y pude recargar energías. El día que me esperaba sería intenso.

Bariloche es la entrada a la Patagonia Argentina, y la verdad es que los días que estuve no llovió, pero hizo un frío patagónico. Es una ciudad muy turística, en algunos aspectos puede ser considerada tanto o más cara que Buenos Aires. Es una ciudad muy hermosa, incluso el clima me pareció agradable. Tiene un área toal de 300 kilómetros cuadrados y está fundada en una pequeña colina a orillas del lago Nahuel Huapi.

Comienzo con un recorrido por el centro de la Ciudad. Las calles principales son Mitre, que comienza en el Centro Cívico, y Moreno. Mucho comercio: Chocolates, ropa de invierno y equipo de esquí, joyerías y deliciosos productos alimenticios de la zona como el jabalí ahumado, el paté de ciervo y el té de rosa mosqueta. Gran parte del centro de la ciudad se puede recorrer a pie y hay gran cantidad de de bares, restaurantes y lugares para comer el famoso helado de Bariloche.

Una cuadra más abajo del Centro Cívico está la avenida costanera que bordea el lago "Nahuel Huapi", que significa en lengua Mapuche: "Isla del Tigre". De este lado, la Ciudad y en frente mio, cruzando el gran lago, los cerros nevados. La vista -una vez más- es increíble y hermosa. Parece que no puedo parar de tomarle fotos a las mismas montañas. Una de lejos, una de cerca, conmigo en la foto, con árboles, con el lago, sin el lago. Una y otra vez. Los habitantes de Bariloche estarán cansados de ver la misma "postal" todos los días. Yo no me cansaría nunca.

En Bariloche hay muchas actividades para hacer. Hay tres cerros principales a los cuales se puede subir: El cerro Otto, el Campanario y el Catedral. En los tres el atractivo principal es la vista y en el cerro Catedral se puede esquiar. A ellos se puede llegar tomando un tour o simplemente tomando los microbuses de servicio público y luego la aerosilla o teleférico. Se pueden tomar tures de un día a Puerto Blest, a Villa La Angostura en la provincia de Neuquén, o al Bolsón o incluso se puede ir hasta San Martín de los Andes.

Bariloche se caracteriza por los deportes de invierno y por los deportes extremos. Yo hice algo que sí recomiendo al ciento por ciento: se llama la "tirolesa" o "canopy", que consiste en un recorrido por las copas de los árboles volando de un árbol al otro colgado de una polea que va unida a un cable. Adrenalina, espectaculares vistas del bosque, de los lagos y de las montañas y una paz que hace mucha falta cuando estás rodeado de tantos turistas. Mi grupo de canopy estaba formado por una señora uruguaya con su hija de 14 años, pero pocos minutos después de llegar al sitio y mientras esperábamos para salir en la camioneta 4x4 que nos llevaría al punto de partida, llegaron tres buses gigantescos llenos de jóvenes uruguayos en su excursión de final de secundaria. ¡El Infierno! De forma inteligente, el administrador del Canopy notó nuestras caras de pánico, nos tranquilizó y dio instrucciones a los guías para que nos llevaran adelante del grupo y de forma independiente, lo cual salvó la tarde. El canopy es una experiencia inolvidable, es bastante segura y el recorrido en taxi desde la ciudad hasta el lugar [el cual está incluido en el precio de $200 pesos ($52 dólares)], es muy entretenido.

Al finalizar la tarde de mi primer día, fui a la chocolatería Fenoglio, una de las primeras en fundarse en Bariloche. Alli tienen "El Museo del Chocolate", el cual hace un recorrido por el origen y el desarrollo de este producto en todo el Mundo, desde su uso como bebida de reyes por los Mayas, su incorporación a la Europa cortesana -en donde se le perfeccionó y desarrolló-, hasta su masificación como delicadeza para el paladar. El museo es interesante y está bien diseñado pero lo que debo resaltar aqui es la bella y simpática guía que nos hizo el recorrido. "Roy" decía en su placa y yo nunca me atreví a preguntarle su nombre o su teléfono. Sin embargo, debo decir que además de su belleza, Roy, nos hizo un recorrido amable, nos dio información interesante y nos contó historias divertidas sobre el chocolate. En mi grupo había otros argentinos y un mexicano, y entre todos entablamos una interesante charla sobre las diferentes costumbres y usos del chocolate en toda América. Entre otras cosas, me enteré de que somos el único pueblo que se atreve a sumergir una tajada de queso cremoso en una taza de chocolate caliente, y lo consideran una costumbre desagradable.

Salí muy feliz del museo. Salí enamorado del museo. Pero en vez de invitar a Roy a tomar una cerveza o un café o un chocolate, la alegría que me dejó este recorrido por el Museo me llevó a comprar más de $35 dólares en la tienda de Fenoglio. Lo cual no es tanto chocolate.

Termino mi segunda y última noche en Bariloche con una cena en el restaurante "La Marmite", en la calle Mitre. La especialidad: Fondue y platos patagónicos. Como yo no me puedo quedar con la espinita, pido un delicioso ciervo patagónico, con salsa de rosa mosqueta, balmoral y vino tinto. Una mesa en la ventana con vista a la calle y un mesero que me atendió muy bien.

Tomé vino para acompañar el plato y rematé con un delicioso mousse de chocolate. La cena completa con propina -que entregué con el mayor de los gustos- me salió por un total de $152 pesos argentinos ($76000 pesos colombianos o $40 dólares). Es plata, pero no es tanta para haber cenado ciervo patagónico, algo que no creo poder volver a probar en mucho tiempo. Y hay que considerar que en Bogotá eso me podría costar una comida en Harry Sasson, sin pedir vino.

Me regreso a mi hostal, sin la necesidad de la cena gratis, sin la necesidad de lavar los platos. Satisfecho casi a reventar y feliz.


 
 
 

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