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Adiós Bariloche, Hola Buenos Aires

  • Foto del escritor: Jose Luis Molina
    Jose Luis Molina
  • 24 sept 2010
  • 4 Min. de lectura

Mi último día en Bariloche era en realidad medio día, pues mi vuelo a Buenos Aires salía a las 15:20. Dadas mis condiciones limitadas de tiempo, tomé algo que se llama "circuito chico", es un recorrido guiado en el que lo llevan a uno al cerro Campanario, a conocer el hotel Llao-Llao [aunque ni siquiera nos bajamos de la van], una fábrica de productos de rosa Mosqueta y el lago Moreno, entre otros lugares. Para ser sincero, estos "tures" no son mis favoritos y el guía que nos llevó en este no dejaba de hablar, al punto de que cuando no tenía nada qué decir, simplemente repetía, repetía y repetía. Si puede, evite los tures.

En todo caso, los paisajes de esta zona de América son quizás de los más bonitos que haya visto, en persona o en fotos. Desde el Cerro Campanario se tiene una vista de 360 grados de todo el territorio: de los varios lagos, de los diferentes cerros nevados y de las poblaciones.

El circuito chico es un paseo que vale la pena, pero quizás se puede hacer con un auto alquilado, a su propio ritmo, visitando lo que se quiera visitar y haciendo las paradas necesarias. Realmente, en Bariloche y sus alrededores vale la pena estar más de tres días, pero no más de cinco.

Ya escribí sobre la amabilidad de los chilenos. Ahora quiero escribir sobre la amabilidad de los argentinos... No se ría amable lector, lo que digo va en serio. Los argentinos son "particulares", pero eso no les resta amabilidad. Los chicos del hostal -Lili, Gonzalo y el chico de la noche que no recuerdo su nombre- se portaron muy bien conmigo, hasta quisieron agregarme en facebook. Y tengo la certeza de que esto va más allá de la reconocible "amabilidad propinera". Luego el señor taxista que nos llevó al Canopy: Charlamos más allá de los temas obvios, como el clima. Claro que de ese tema también hablamos. Hasta el "incallable" guía del Circuito Chico, se ofreció amablemente a tomarnos fotos con nuestras cámaras sin cobrarnos un solo peso. El mismo se autopromocionaba diciendo que era fotógrafo de la Playboy. El humor argentino también es particular.

Tomo mi vuelo a Buenos Aires. Cerca de dos horas de pampa. Pampa. Pampa.

Ríos que parecen secos. Más pampa. Carreteras más rectas que columna de institutriz inglesa. Pampa y más Pampa. (Si no ha entendido este párrafo, reemplace la palabra "pampa" por la palabra "llano").

De pronto, aparece la Ciudad. Qué increíble visión. Kilómetros y kilómetros de casas, construcciones y embotellamientos en las autopistas. ¡Yupi qué alegría llegar a Buenos Aires!

Aterrizo en el Aeroparque Jorge Newbery, que queda en la Ciudad y que se utiliza para viajes dentro del País. Pacientemente hago la fila para el taxi y me toca con una taxista que resulto perfecto como bienvenida a Buenos Aires: cabeza totalmente rapada y chivera. Mi taxista se parecía, en apariencia y en personalidad al vocalista de "Bersuit Vergarabat". Aunque estaba sentado, le calculé 1.96 de estatura y vestido de sudadera negra de Adidas, de pies a cabeza.

- Buenas tardes señor. -le digo con amabilidad- vamos por favor a la calle Belgrano, ya le digo el número...

- ¿Calle Belgrano? -me contesta molesto- ... ¿Calle Belgrano con qué? La calle Belgrano es muy larga y hay muchas estaciones del subte en la calle Belgrano. Necesito saber a qué altura o cómo esperás que te lleve...

Con agilidad, y antes de que el taxista me acusara de "hincharle las pelotas" o peor aun, me hiciera abandonar el vehículo, saqué mi libreta y leí rápido y en voz alta: - ¡887 de la Avenida Belgrano!

- Ahhh, eso es otra cosa -respiró calmado-. Con mucho gusto.

Yo respiro aliviado, sin saber lo que vendría. En el primer semáforo, cruza frente a nosotros una despampanante rubia. El taxista porteño suena la bocina y dice sin gritar:

- Chau Linda -gira la cabeza hacia mi y dice: - ¿Por qué te subí a vos y no a ella?

- Je je je je -Yo río cómplice-.

- No te rías, es en serio. Vos no podés darme nada de lo que ella podría darme... No te ofendas, pero es la verdad.

- En eso si tiene toda la razón, Ja ja ja ja. -Y pienso: menudo recibimiento-.

Una hora nos tomó ir del aeropuerto hasta mi Hostal. Era plena hora pico. En la radio sonaba unos de esos programas de "regreso a Casa", en donde se comentan las noticias del día y el director del programa da sus opiniones. El periodismo argentino es desparpajado y sin "agüeros" y llaman a las cosas por su nombre. El taxista concordaba con las teorías de conspiración que acusaban en la radio: - Es verdad -me dice- los judíos tienen un plan para apoderarse de la Patagonia, se llama el "Plan Andinia". ¡Qué raro, un taxista que cree en las conspiraciones gubernamentales y de todo tipo!

Por fin llegamos y mi taxista cierra con broche de oro el recorrido:

- Bueno Ché, Bienvenido a Buenos Aires, que disfrutés tu estadía... Y dejáme darte un consejo: cuidado con las chicas. Ya a mi edad ni con viagra, pero a tu edad uno se mantiene con la "pija" dura. ¿Decíme si no?

Yo sólo atiné a reirme de forma ruidosa.

- No te riás que va en serio. Mirá esa gordita en el paradero -señala a una chica joven de cara bonita-. ¿Decíme si no tiene una carita linda?

- Sí, está muy linda.

- Pedíle el teléfono, dale. Pero acordáte: mucha goma, mucha goma para el "foqui foqui". Chau, no olvidés tu abrigo.

Yo vuelvo a reír, le pago y le agradezco por el consejo.

Esa es la amabilidad de los Porteños. Y ese el mejor consejo que un taxista me ha dado en toda mi vida. Sólo por eso se justificaron los exagerados $ 47 pesos argentinos ($23.500 pesos colombianos) que me cobró por la carrera. Yo estaba lo suficientemente asustado como para no reclamarle, simplemente tomé mis cositas y me entré al hostal.

Luego, simplemente pensé: Buenos Aires promete estar divertido.


 
 
 

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